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También decir gracias a las plataformas que ofrecen su ayuda con códigos y demás cosas, ya que así hemos podido hacer que el foro tenga una presentación más bonita.
Quería dar en especial las gracias a mi compañera Anita por hacer todo lo que está en su mano por ayudarme con todo lo que necesito, por ser siempre sincera y por aportar ideas fantásticas que hacen que este foro no sea como los demás. Eres fantástica compi ♥
No se me ponga celosos los demás, como ya deje antes, esto sin ustedes solo sería una idea en un cajón, ¡gracias por todo! Gracias también por leer y espero que este rol de caballos conquiste vuestro corazón.
Atte: Luna, fundadora y administradora del club.

La Granja.

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La Granja.

Mensaje por Dirección del Club el Sáb Dic 01, 2012 3:22 pm

Un poco a las afueras del pueblo hay una pequeña granja con una gran variedad de animales. Cualquier persona puede ir a visitarla y pasar un día en ella. Hay mesas de picnik en los jardines, pues normalmente van grupo de excursión a pasar el día. La granja en sí es propiedad del Sr. Calumet, que decidió abrir las puertas de su granja a todo el mundo. A los más pequeños les enseña cosas sobre los animales del lugar, cómo ordeñar una vaca, cómo alimentar a los animales y cómo cuidarlos, cómo cuidar un huerto, etc.

­»Granja

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Re: La Granja.

Mensaje por Haslein el Mar Mar 31, 2015 2:48 pm

Último mensaje de Dylan:
Estiré mis brazos, buscando la calidez de la piel de Haslein, pero encontrando solo el tacto de las sábanas. Fruncí el ceño, aún con los ojos cerrados, moviéndome en mi sitio. Fui abriendo los ojos progresivamente, dejando que mi vista se adaptase a la luz de la habitación. A través del ventanal que daba a un pequeño balcón de mi habitación se colaba la luz que anunciaba que era de día. Por suerte, el cielo estaba encapotado, grisáceo, propio del otoño, lo que hacía que la luz no fuese demasiado intensa.

Fui incorporándome en la cama lentamente, sin muchas ganas de desprenderme de las sábanas. Adoraba remolonear, y hoy sábado, podía hacerlo cuanto quisiera. Pero me picaba más la curiosidad el saber dónde podía estar Haslein. Me estiré y me levanté, sobándome los ojos y peinándome un poco el pelo mientras salía de mi habitación. Me quedé en silencio, atento por si escuchaba algún ruido. Nada. ¿Dónde estaba? 

Me tensé un poco y retrocedí unos pasos al sentir algo en mis piernas, y miré hacia abajo, encontrándome a Luna, mirándome con sus gatunos ojos. Sonreí. —Eh, buenos días, me habías asustado.— Reí, agachándome. La gatita caminó hacia mí y volvió a rozarse contra mi cuerpo. La cogí en brazos y la acaricié, esbozando una sonrisa ladina mientras bajaba las escaleras hacia la cocina. Al entrar, llegó a mí el olor a que alguien se había hecho su desayuno. Y en uno de los cristales de la cocina, vi un papelito pegado. Me acerqué y lo despegué, leyendo lo que estaba escrito con una caligrafía delicada e impecable. Me encantaba su letra. Bueno, me encantaba todo de ella. Me quedé unos segundos mirando el papelito, con una sonrisa boba dibujada en mi rostro, y la mente perdida en aquel día de Halloween en el que conocí a Haslein. Todavía recuerdo su rostro, aún algo aniñado, en comparación con el de ahora. Ambos habíamos crecido, madurado, cambiado físicamente, pero sin embargo, nuestros sentimientos seguían siendo los mismos. La quería con locura; la amaba, sin duda. Y ella me correspondía. No podía ser más feliz.

Miré la hora. Las ocho y media. Sonreí y me vestí, poniéndome unos pantalones de montar beiges, una camiseta gris oscuro y una sudadera negra. Comencé a hacerme el desayuno, con toda la tranquilidad del mundo. Me llevé una tostada a la boca cuando me encontré a los dos gatitos frente a mí, mirándome con esos ojitos de 'apiádate de mí'. Reí y le di un pellizquito muy pequeño a mi tostada y lo partí en dos, dándoselo a los dos gatitos. —Tomad, pero no se lo digáis a Haslein, ¿eh?— Bromeé. Cuando terminé de desayunar, me dispuse a limpiar todos los cubiertos y platos que había usado. Me mantuve todo el tiempo absorto en mis pensamientos, o más bien, pensando en Haslein. Nuestra relación no era la típica pegajosa como las que solía haber hoy en día. No estábamos constantemente juntos; nos dábamos nuestro espacio, nos dedicábamos a nuestro trabajo, pero aun así, cuando estábamos juntos lo aprovechábamos al máximo. La mayoría de las tardes durante la semana la pasábamos juntos, después de trabajar, y los sábados solíamos dedicarlos a estar juntos. Me encantaba pasar tiempo con ella, pero ambos sabíamos que también existían otras necesidades, así que, como siempre, le encontrábamos buenas soluciones. Una de las cosa que más me gustaban de los sábados es el estar con ella. Y ahora mismo estaba necesitando abrazarla y besarla, como hacía cada sábado al despertar. Lo mejor sería terminar rápido de fregar los platos que me faltaban e ir al club para verla. 

Estaba perdido en mis pensamientos cuando escuché golpecitos en la ventana. Levanté la mirada, con curiosidad, y una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro al ver quién era. Mi princesa, tan preciosa como siempre. No me la esperaba allí. —¡Hola!— Gesticulé yo también, sonriendo. Al escuchar su siguiente pregunta, asentí. Dejé lo que estaba haciendo y me sequé las manos. Ya lo terminaría luego. Salí hacia el jardín a través de la puerta de la cocina y la cerré tras de mí. Me giré hacia Haslein y corrí a abrazarla. 

La rodeé con mis brazos, estrechándola contra mí con fuerza, enterrando mi cara en su larguísimo pelo e inhalando su aroma. Olía tan bien. Sonreí y me separé lentamente de ella, buscando ahora su mirada, en la que me encantaba perderme, cosa que hacía desde que la conocí. Nadie podía imaginarse cuánto la amaba. —Por supuesto que quiero dar un paseo. Contigo, ¿verdad?— Bromeé, soltando una pequeña risa. Escuché un relincho y miré hacia mi derecha, encontrándome con Eclipse y Keilyn, dos caballos del club. Elevé una ceja y miré a Haslein, esbozando una sonrisa ladina. —Vaya, vaya...— Susurré con diversión. —Y, ¿a dónde quiere ir la señorita?— Inquirí, sonriendo y mirándola, esperando su respuesta.

Después de que respondiese, sonreí y pasé mi mano por su cintura mientras caminábamos hasta donde nos esperaban los caballos. A medio camino, no pude resistirme y me incliné para darle un dulce y cariñoso beso en los labios. Reímos y montamos sobre los caballos.

Cuando dejó de fregar los platos y abrió la cristalera no pode evitar avalanzarme sobre él, fundiéndonos en un cálido abrazo. Lo que estaba necesitando. Al fin... Estar entre sus brazos me aportaba algo que nunca nadie antes me había hecho sentir. No sabría explicarlo, pero era increíble.

¿A dónde? Iríamos a Golden Hills, a ver el cerezo que había plantado cuando me inscribí en el club, pero claro, quería que fuera una sorpresa...— Vamos al pueblo.— inquirí con una sonrisa radiante. No le mentía en cierto modo, ya que Golden Hills se encontraba al suroeste del pueblo, y pareció que mi respuesta el pareció válida. Nos subimos a los caballos y emprendimos el camino. 

Nuestra casa estaba algo a las afueras del pueblo, más cerca del club que del centro. A pesar de que el pueblo, llamado Gladedawn (dando nombre a los increíbles amaneceres que se podían ver en su costa), fuera algo disperso, contenía todo lo que una persona pudiera necesitar, casi nunca era necesario ir a la ciudad y, la verdad, es que lo agradecía, porque estar rodeada de asfalto y coches no era lo mío.

El día estaba algo nublado, típico del otoño, al igual que las hojas secas del camino. Hay a quién no le gustan los días aquel, pero a mí me encantaban. Ese fresco que anunciaba el invierno, la ropa abrigada, las mantas y los chocolates calientes, los días de lluvia y los de nieve. Todo. Bueno,... Aunque si tenía a Dylan a mi lado poco importaba. Todos los días eran maravillosos, con o sin lluvia. Le observé por un momento. Su chaqueta negra resaltaba su tez pálida y sus ojos azules cambiantes. Me gustaba, estaba realmente mono, sobretodo cuando lo pillaba desprevenido observando su alrededor con una media sonrisa en la cara. Mi pilló mirándole, y sonreí, mostrando casi todos mis dientes, luego bajé la cabeza, algo ruborizada mientras recordaba los sentimientos que ese "juego" me provocaba antes de salir juntos.— ¿Sabes, Dylan?— dije cautelosa, pensando luego que se le subiría a la cabeza.— Cuando nos conocimos no podía evitar mirarte a escondidas. Recuerdo una vez, poco después de conocernos. Tu estabas montando en la pista de salto y yo en la sala común. Cuando nos veíamos siempre procuraba saludarte y quedar contigo para hacer algo juntos, pero siempre me daba mucha vergüenza.— desvié mi vista al frente, perdiendome en las hileras de casas de Gladedawn y en el sonido de cascos en la grava. Pude escucharle reír, pero yo repetía una y otra vez en mi mente aquel momento hace dos años.— Recuerdo verte saltando aquellos oxers como si volaras, y después de cada salto darle palmaditas en el cuello a tu caballo. Daba igual si lo habían hecho bien o mal, tu se lo agradecías. Eso hizo que me enamorase aún más de ti.— comenté acompañando a mis últimas palabras con una tierna sonrisa y una mirada cómplice.— Me gustaba observarte porque no eras como nadie que hubiera conocido antes.— reí pensando en que quizá sonara algo psicópata. Segundos después añadí:— No había conocido a nadie más plasta, ordenado y cabezota que tú.— bromeé mientras reía, torciendo mi sonrisa, como esperando a una respuesta a la misma altura.

De pronto llegamos a un llano del pueblo lleno de gente, en especial niños, muchos niños por todos lados. ¿Qué pasaba hoy con los niños? Ni siquiera estaba segura de que en el pueblo hubieran tanta gente. Algunos parecían venir de la ciudad a pasar el día allí, algunos coches lujosos y padres vestidos demasiado bien como para estar cerca del barro.  Pero,... ¿por qué había tanta gente aquel día allí? Un poco más a delante encontramos la respuesta: Taller infantil de Gladedawn. Todo tenía sentido... Empezaba a pensar que estaba loca y que venía niños por todos lados, ya que aquella mañana también había visto muchos en el club, pero tenía sentido que estuvieran allí si hoy se hacían los talleres. De pronto un pinchazo en el estómago interrumpió mis pensamientos. Llevé una de mis manos a mi estómago. Dylan me miró algo preocupado, pero no era nada. Bueno, continuando con lo que estaba diciendo: eran tan monos,... como correteaban de un lado a otro, con globos de colores y les tiraban ligeramente de la ropa a sus padres, mirando hacia arriba con dificultad para verles las caras y pedirles algo. Olía a palomitas y, ¿a manzanas caramelizadas? Oh dios,... me empecé a marear un poco. Nunca aquel olor me había resultado desagradable, pero ahora me provocaba arcadas, ¿qué me estaba pasando? Dylan volvió a mirarme, con el entrecejo fruncido. Estaba tan mono cuando se preocupaba... Pero de verdad, no creía que fuera nada serio. Me centré de nuevo en mi alrededor: los niños que pasaban a nuestro lado les decían a sus padres cosas como: "¡Papi, mira, un caballo!", "¡Mami, quiero uno!" o "¿puedo acariciarlo...?" Ante esa pregunta respondimos afirmativamente. Mientras los niños se acercaban bajo la supervisión cautelosa de los padres yo miraba a Dylan. En el se había formado una sonrisa radiante y sus ojos brillaban con intensidad. Aquellos niños no eran más niños que él, que aún conservaba su despreocupación infantil que tanto me gustaba. Lo consideraba como a un Peter Pan, pero tenía los pies en la tierra, sabía  cuando podía comportarse como un niño alocado y cuando la situación requería que se comportara como un hombre. Amaba eso en él. Era perfecto. 

Tras un rato absorta en mis pensamientos miré al frente y noté otro pinchazo. Algo del desayuno me habría sentado mal. ¿Qué era aquello, una farmacia? Torné los ojos y leí en un letrero: nuevo farmaco para los dolores de estómago. Perfecto.— Dylan, voy a comprar algo para el dolor de barriga en la farmacia, ya vengo.— inquirí mientras me bajaba de Keilyn. El también se bajó. Los niños seguían acariciando a los caballos. A pesar de no estar mirando hacia atrás podía notar la mirada de Dylan clavada en mi nuca. Me giré sobre los talones y lo vi observandome preocupado. Me reí y le hice un gesto de despreocupación. Me hice paso entre la gran masa de gente y llegué a la puerta de la farmacia. Al lado había una tienda para ropa de bebés. Joder, ¿por qué tanto niño hoy?, pensé. Me encantaban los niños, pero en Gladedawn no era tan común verlos, ya que la mayoría de la población eran personas mayores. Entré a la farmacia, haciendo sonar una campanita al abrir. De debajo del mostrador salió un rostro delgado, de pómulos marcados y ojos algo saltones de un color que no sabría describir, entre el marrón y el verde. Para ser una dependienta de una farmacia parecía enfermiza, pero su gran sonrisa contrarestraba todas las apariencias. También pude fijarme que llevaba la bata blanca mal colocada, como si se la hubiera puesto de prisa, y la placa con su nombre al revés. Ave... No, no. Eva, ponía Eva. La chica pareció darse cuenta de que observaba su placa y le dio la vuelta rápidamente.— Lo siento, querida. Estaba en mi descanso. Con esto del taller ha venido mucha gente y ya sabes como son los niños. No se están quietos.— dijo con una risa extraña pero contagiosa, mientras se colocaba la bata y algunos de los productos que estaban encima del mostrador.
— No quería molestarla en su descanso. Ya vendré en otro momento...— comenté haciendo el ademán de irme.
— Oh, no, cariño. Dime, ¿qué querías? — dijo mientras seguía odenando algunas cosas que estaban descolocadas.
— Bueno, pues he visto el cartel, y como me han dado algunos pinchazos pues, he pensado que... Sería lo mejor.
— Por supuesto...— comentó, aunque parecía que interiormente pensaba que ese no era mi problema.  Entonces sonó el silbido de una cafetera, que hinundó de su olor la tienda. Generamente aquel olor me agradaba, pero sentí unas náuseas inexplicables. Me preguntó si quería café, a lo que respondí negativamente y después se fue a buscar el medicamento.

Mientras tanto me puse a mirar la farmacia: cepillos de dientes, pastillas, chupetes,... ¿chupetes? Y venga con los bebés hoy. Seguí mirando: pastillas mentoladas para la garganta, cremas y, a mi izquieda test de embarazo. ¿¡Pero que es esto!? Quité rápidamente la mirada del lugar donde se encontraban, pero he de decir que eso me hizo pensar. ¿A que día estamos? Vale, ¿cuándo debería haberme venido la regla...? JODER. MIERDA. Empecé a sentirme mareada y me senté en uno de los banquitos de espera que habían, dando cortos vistazos a los test de embarazo mientras me debatía interiormente, juntando todo lo que hasta ahora podía implicar que estuviera embarazada: pichazos, náuseas por los olores fuertes, unas repentinas ganas por comer natillas de vainilla, retraso del periodo,... ¡HASLEIN! ¿DE VERDAD? ¿yo... embarazada? No puede ser, no puede ser... NO PUEDE SER. De pronto recordé las palabras que una vez mi madre había dicho: "cuando estaba embarazada de ti no paraba de ver por todos lados cosas de bebes: anuncios de bebés, niños por todos lados, ropita,... Solo hizo falta hacerme la prueba para estar al 100% segura de que te tendría."— Joder. Estoy embarazada.— susurré antes de que llegara esa tal Eva. Me había quedado muy pálida, estaba en shock.

— ¿Estás bien, cariño?— inquirió metiendo las pastillas en una bolsa mientras yo sacaba la cartera sin mirar y le daba el dinero. Le eché otra mirada a la estandería donde estaban los tests. Pareció que la chica se dio cuenta.— Parece que ya has atado cabos, ¿eh?— ante aquellas palabras lo único que pude hacer fue ladear la cabeza, mostrar cara de asombro y articular un "¿QUÉ?" que salió de mi boca con mucha menos intencidad de la que requería. Estaba sin palabras, no podía reaccionar. Ella se rió, cosa que me irritó un poco. Tenía una risa extraña, pero contagiosa, así que se me pasó un poco.— Tengo experiencia con embarazadas. Las veo a la legua.— me asusté un poco, solo tenía ganas de llorar,... ¿serían las hormonas? que mierda...— Bueno, ten. Invita la casa. Espero que de el resultado que realmente desees.— comentó metiéndolo en la bolsa y entregándomela.— Buen día.

Salí de la tienda algo aturdida, otro campaneo sonó. "Espero que de el resultado que realmente desees." Eso me hizo pensar. He de admitir que había pensado en muchas ocasiones que si había alguien que me gustaría que fuera el padre de mis hijos ese era Dylan, pero... ¿estaba lista para ser madre? Me adentré a la multitud y vi a Dylan junto a los niños, con aquella radiante sonrisa paterna. ¿Por qué me preocupaba? Dylan sería el mejor padre del mundo, nuestros hijos harían cartas en el cole el día del padre y correrían a sus pies, le tirarían ligeramente de los pantalones para llamar su atención y les entregarían las tarjetas. ¿Qué era lo que me pasaba? ¿No me alegraba? Claro que sí. Pero... ¿por qué me sentía de aquel modo...? Todo desapareció cuando Dylan se paró en seco y me observó con sus brillantes ojos azules y una sonrisa. Mis problemas parecieron desaparecer cuando una sonrisa se aventuró en sus labios, ligeramente torcidos. No era momento de preocuparse, aún ni siquiera era oficial... pero debía decir que pensar en aquella posibilidad me hacía sentir algo estraño en el vientre. 

Cuando llegué Dylan bajó a una niña rubita que había montado sobre Eclipse. Era una Dylancita. Entonces en mi mente empezaron a aparecer millones de Dylancitos y de Dylancitas correteando por nuestra casa, mientras yo iba de un lado a otro intentando  atender a todos. El microondas pitaba indicando que los biberones estaban listos, y una gran montaña de pañales sucios se amontonaban en la papelera de la cocina. Era algo parecido a una de las escenas de Sherk 3, creo recordar, en la que él no se sentía preparado para ser padre y tuvo un sueño parecido a ese. Que locura era imaginar que dentro de mi pudiera surgir una vida, como surgió algún día la mía o la de Dylan, o las vidas de todos aquellos niños que nos rodeaban...

Dylan me sacó de mis pensamientos y me ayudó a subir a la yegua y luego subió él. Ya era hora de irse. Mientras nos ibamos del llano los niños se despedían con la mano y los padres nos agradecían la paciencia.— Eres el mejor.— comenté cuando ya estabamos a punto de salir de lo que era el pueblo en sí. Y busqué sus labios, besándolos con dulzura.— Se te dan bien los niños.— inquirí casi sin querer, como quién no está sospechando que está embarazada. Eso era otra cosa... ¿cómo se lo diría a Dylan? Según todas aquellas charlas que me habían dado de adolescente decían que los los condones eran muy seguros. Mentirosos todos. Bienvenida Haslein, bienvenida a ese 0'000000001% de probabilidad de quedarse embarazada con métodos anticonceptivos. Wiii...

Ya estabamos llegando a la granja del señor Calumet. Ya habíamos ido por allí en otras ocasiones a pasar el día, pero hoy solo estabamos de paso. Supongo que Dylan pensaría que ese sería nuestro destino, ya que desvió a su caballo ligeramente del camino que seguía al lado de la carretera.— Hoy no vamos a ir a la granja.— le comenté con una sonrisa ladina y burlona. Y allí estaban, más niños en la granja del señor Calumet, dando de comer a las vacas, a los cerditos y a las gallinas. Más y más jessesitos y jessesitas. Necesitaba alejarme de aquella idea un rato...— ¿Galopamos un rato?— inquirí señalando la senda por la que debíamos ir. Ibamos en dirección al sur, hacia Golden Hills. A la izquierda teníamos la granja y a la una hilera interminable de árboles (casi todos pinos), que separaban la senda de la carretera, para evitar accidentes si un coche se desviaba. Dylan aceptó, aunque al principio me costó convencerle de que estaba bien para galopar, que no me pasaba nada. ¿Realmente no pasaría nada o, podría perjudicar al bebé? Cuantas estúpidas preguntas sin respuesta.

Galopamos por el camino de tierra, jugeteando a adelantar el uno al otro. Me distrajo de pensar en lo que pasaría cuando hiciera el test, y lo agradecía inmensamente. Algunos coches pasaban por la carretera cercana, pero nuestros caballos no se asustaban. Algunos de los pasajeros se pegaban a sus ventanas para vernos volar sobre la tierra. Era increible. Era lo que estaba necesitando, una buena galopada. Las crines de Keilyn acariciaban el viento y sus caderas se movían con velocidad. De vez en cuando dirigí una mirada divertida y algo competitiva a Dylan, que hacía sus esfuerzos por ir por delante de mí. En una ocasión lo consiguió, pero no por merito propio, ya que era yo la que iba frenando, ya que en pocos metros estariamos delante de la vaya de Golden Hills. Dylan tuvo que frenar cuando vio la valla. Al poco tiempo yo ya estaba a su lado. La verja negra de estilo elegante se erguía sobre unos ladrillos claros. Hay quién podía pensar que rompía un poco el ambiente, pero a mi me parecía una entrada preciosa. Se podía ver el gran contraste entre las hojas de los árboles de Golden Hills y los de Gladedawn. Las primeras siempren tenían tonos dorados, como decía su nombre. El cartelito que llevaba el nombre del lugar estaba colgado en una rama muy vertical a unos 2 metros y medio del suelo. Aquel lugar me encantaba, y esperaba que a Dylan también le gustara pasar el día allí.— No hace falta que digas que soy una genia escogiendo los lugares donde vamos a pasear. Lo sé.— inquirí poniéndome derecha y dándome aires importantes, para luego mirar sus hermosos ojos azules, aque ahora tomaban un poco un tanto dorado por el reflejo de los árboles.

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Haslein

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Re: La Granja.

Mensaje por Dylan el Dom Abr 26, 2015 3:51 pm

Asentí con la cabeza al escuchar su respuesta y sonreí mientras subíamos a los caballos y poníamos rumbo al pueblo. Paseé mi mirada por todo el lugar, disfrutando de cómo se veía hoy todo. La grisácea luz del día le daba a todo el toque otoñal que merecía, y podían verse cómo las hojas de los árboles caían poco a poco hacia el suelo, creando una especie de alfombra de hojas alrededor de sus respectivos árboles. Había llegado el otoño, innegablemente. Al girar mi vista hacia Haslein, pude ver que me estaba mirando, por lo que esbocé una sonrisa ladina y solté una pequeña risita entre dientes, para después lanzarle un pequeño besito. Cuando bajó la mirada, solté una pequeña carcajada. Estaba demasiado preciosa cuando se sonrojaba. Bueno, siempre lo estaba, pero cuando se ruborizaba adquiría un aspecto más aniñado, más adorable. Siempre me había gustado este jueguecito de las miradas, aunque ahora me sentía más libre de disfrutarlo como merecía, ya que en otros momentos anteriores no me atrevía a expresar lo que sentía cuando comenzábamos este juego de miradas.

Al escuchar la dulce voz de Haslein, volví a mirarla, ahora elevando las cejas con curiosidad. Cuando empezó a hablar, una sonrisa se fue dibujando en mi rostro, ensanchándose progresivamente, hasta convertirse en una carcajada. Ay, quería besarla ahora mismo. Ya. Sonreí de nuevo al escucharla e hice un corazón con los dedos, divertido. Ahora era cuando me enteraba de que ella me observaba a escondidas. Ahora me daba algo de vergüenza, no por ella, sino por haber hecho alguna de mis tonterías que daban vergüenza ajena cuando estaba solo. Pobrecilla, lo que habrá tenido que ver. —¿Así que soy un plasta?— Pregunté divertido, acercando mi caballo al suyo y riendo mientras le hacía unas pocas cosquillas. Segundos después, me puse serio. Bueno, serio con una sonrisa en la cara. —A mí también me pasaba algo parecido contigo. Cuando estaba en el box de algún caballo y veía que entrabas en los establos, me gustaba observarte por entre las barras de los boxes, en silencio, para que no me vieses. Me encantaba cuando te parabas en cada box para repartirles mimos y terrones de azúcar a todos los caballos. Me parecías demasiado dulce, linda y adorable.— Confesé, soltando una carcajada al decir las últimas palabras. —A mí también me parecías única. Toda tu forma de ser en sí, me parecía encantadora y única, sin duda. Me gustaba pasar tiempo contigo, porque disfrutaba muchísimo, pero también me enamoraba cada vez más de ti, y creo que me daba algo de miedo, porque no quería que aquello estropease nuestra amistad y que nos distanciáramos. Pero bueno, ahora incluso vivimos juntos, así que creo que en realidad mis temores eran algo estúpidos.— Dije, sonriendo y mirándola. —Ah, y para hacerle honor a mi adicción al orden; enséñale a tu gato a no tirar el pienso por toda la cocina.— Bromeé, soltando una carcajada. Félix era un gato estupendo, pero el muy loco se divertía desparramando su pienso por toda la cocina. Y luego dicen que los gatos son muy limpios. Já. Que vengan a nuestra casa y vean la cocina.

Entre una cosa y otra, llegamos a un llano del pueblo. Creo que los grititos y las risas se escuchaban a dos kilómetros a la redonda. ¡Estaba repleto de niños! ¿De dónde habían salido? Creo que si todos los habitantes de este pueblo tuviesen un hijo, ni siquiera en diez años se conseguirían reunir tantos niños en un mismo punto. Paseé mi mirada por el lugar, viendo que algunos padres ni siquiera eran capaces de agacharse para ver la vida desde el punto de vista de sus hijos. Estaban demasiado preocupados en que la corbata estuviese bien centrada. Por suerte había otros que sí se preocupaban de sus hijos.

Al otro lado del llano, vi unas especies de cabañas de madera donde anunciaban que había talleres infantiles. Ahora todo tenía sentido. Desvié mi mirada hacia Haslein para sugerirle seguir con nuestro paseo, pero fruncí el ceño al ver que tenía una mano en su estómago y una mueca de dolor en la cara. —Has, ¿estás bien?— Pregunté con preocupación, pero ella me aseguró que no era nada. Bueno, esperaba que así fuera. No me importaba cuidar de ella si estaba mal. De hecho, me encantaba. Sentía que servía para algo. Al volver a mirarla, fruncí más el ceño. No, no estaba bien y no iba a reconocerlo. Y luego el cabezota era yo.  Me vi obligado a desviar mi atención de Haslein para mirar a los niñitos que se nos acercaban. Sonreí ampliamente al ver cómo se  ponían de puntillas para alcanzar a acariciar el morro de nuestros caballos, y cómo reían y se quedaban muy quietos cuando los equinos comenzaban a olisquearlos. Eran adorables.

Al escuchar a Haslein, la miré y asentí, bajando de Eclipse. —¿Necesitas que te acompañe?— Pregunté preocupado, mirándola, pero ella me respondió indirectamente, dándome las riendas de Keilyn. Vale, me quedaba claro que podía por sí sola. Reí y la observé alejarse hacia la farmacia. No podía negar que estaba algo preocupado. No sabía si era buena idea estar por aquí dando vueltas si ella iba a estar mal y no disfrutaría. Lo primero es que estuviese bien, y ella ya podía estar muriéndose que con tal de no molestar, iba a insistir en que estaba bien. Casi como si me hubiese leído la mente, se giró y me hizo un gesto de que estaba bien. Sonreí y suspiré, negando con la cabeza. Cómo la conocía.

Desvié mi mirada hacia los niños y sonreí al ver que Eclipse levantó la cabeza, no dejándolos acariciarlo. Sujeté las riendas con una mano, y con mi brazo cogí a una niña pequeña, de unos dos o tres años, y con unos tirabuzones dorados recogidos en dos coletas, una a cada lado de su cabecita. Adorable. La elevé a la altura de Eclipse y ella pasó sus pequeñas manitas por la frente del equino, mirándolo fascinada, con una sonrisa en la cara. Ella colocó su manita en el morro de Eclipse, y él comenzó a mover su morro juguetonamente. Ante esto, ella me miró rápidamente con los ojos muy abiertos y una sonrisa gigante en su rostro. Yo sonreí y elevé las cejas, haciéndole un gesto con la cabeza para que acariciara a Eclipse. Tras esto, se me ocurrió montarla sobre Eclipse. Estaba fascinada. Creo que se estaba aguantando las ganas de chillar de la emoción. Mientras la sujetaba, desvié mi mirada hacia la puerta de la farmacia, encontrándome con la mirada de Haslein, que acababa de salir. Le dediqué una sonrisa ladina mientras se acercaba y volví a mirar a la niñita. —Sujétate fuerte a la silla, ¿vale?— Le dije, a lo que ella asintió y se agarró fuertemente a la silla de Eclipse. Con unos toquecitos, le pedí a Eclipse que se echase, a lo que el equino que puso de rodillas, dejándose caer suavemente después, quedando tumbado. La cara de la pequeña era indescriptible. Estaba emocionada.

La ayudé a bajar de Eclipse, sonriendo y mirando a la pequeña. —Gashia por dejarme acarishiar a tu paballito.— Dijo ella dulcemente, sonriendo y acercándose a la cara de Eclipse. Le dio un besito en la frente y sonrió, levantándose y girándose, para salir corriendo hacia sus padres y contarles su pequeña vivencia. Reí y miré a Haslein cuando llegó hasta mí. —¿Estás mejor? Venga, te ayudo a montar.— Dije sonriendo y ayudándola a subir a Keilyn.  Cuando estuvo arriba, monté yo en Eclipse, que ya se había levantado de nuevo. Los niños se apartaron, dejándonos pasar mientras se despedían de nosotros. Sonreí y miré a  la niñita de rizos rubios. Me despedí de ella con un movimiento de la mano y le guiñé un ojo, a lo que ella sonrió y se recostó sobre el hombro de su padre. Reí y miré a Haslein, justo antes de que ella hablase. Sonreí al escucharla. —A ti también se te dan bien los niños. Y no soy el mejor, porque tú me ganas.— Respondo sonriendo y correspondiendo a su beso.

Miré al frente, desviando a Eclipse del camino cuando vi que nos aproximábamos a la granja. No era la primera vez que íbamos, así que supuse que tocaba otra visitilla. Al escuchar a Haslein, la miré con el ceño fruncido, extrañado. —¿Ah, no? ¿Entonces?— Inquirí, haciendo que Eclipse se acerque a Keilyn de nuevo. Los gritos de los niños se escuchaban desde aquí. —¿Sabes? Creo que en este pueblo hacen falta más niños. Le dan alegría.— Comenté, mirando desde lejos a los niños corretear por la granja. Incluso el perro del señor Calumet, que normalmente era un perro vago y dormilón, estaba corriendo y saltando de un lado a otro. Ante la sugerencia de Haslein, ladeé la cabeza. —Por mí sí, pero… ¿Tú estás bien?— Pregunto, mirándola. Me costó dejarme convencer, pero cedí al darme cuenta de que si no lo hacía, no terminaríamos nunca.

Comenzamos a galopar, jugando a adelantarnos, riendo y disfrutando. Sentía las crines de Eclipse cosquillear mis manos mientras el viento azotaba suavemente mi rostro. A pesar de que las temperaturas habían bajado considerablemente, sentaba muy bien algo de aire en la cara. Miré a Haslein y le saqué la lengua juguetonamente mientras animaba a Eclipse a galopar más rápido. Cuando Haslein comenzó a frenar, miré al frente y también frené al ver que había una valla. Nunca había venido a este sitio.

Miré a Haslein cuando me alcanzó y elevé las cejas inquisitivamente. Ante su ‘respuesta’, solté una carcajada. —Ya veo, definitivamente, no me cabe duda. Ya te dije que eras la mejor.— Respondí, inclinándome y dándole un beso en la mejilla. Sonreí y la miré mientras cruzábamos la verja, que estaba abierta. —Este lugar es alucinante.— Murmuré mientras lo observaba todo. Miré a Haslein divertido y acaricié a Eclipse. —¡El último es un huevo podrido!— Exclamé como un niño pequeño, de repente, mientras hacía que Eclipse comenzase a galopar. Reí y miré hacia atrás, buscando a Halein con la mirada. Me encantaba pasar el día así con ella, disfrutando. A su lado era imposible aburrirse o estar mal, y podía ser yo mismo sin problema, al igual que ella podía ser ella misma, esa chica de la que me enamoré, y de la que me sigo enamorando cada vez más. Ni en cien años podría sentir por alguien ni la mitad de lo que sentía por Haslein, sin duda.

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Re: La Granja.

Mensaje por Haslein el Lun Dic 28, 2015 8:24 pm

“¿Sabes? Creo que en este pueblo hacen falta más niños. Le dan alegría.” No necesitaba saber más. Fue como quitarse 100 kilos de encima.— Sí, tienes razón.— inquirí mientras miraba absorta al viejo perro que correteaba detrás de los niños. Hasta los más mayores se comportaban como niños cuando se rodeaban de esa alegría tan única e inocente que aportan los niños. Y por alguna razón la confesión de Dylan aligeraba mi carga. Quizá, al fin y al cabo, esto del embarazo no fuera un problema. Aunque debo decir que aún tenía cierto miedo.

Cuando los dos ya estábamos delante de la verja no pude evitar reírme ante su reacción. Cuando su beso llegó a mi mejilla todo el frío que pudiera tener desapareció. Era tan reconfortante sentir sus labios. Y antes de que me diera cuenta ya estábamos galopando de nuevo.— ¡Oh no, de eso ni hablar! No me ganarás.— le grité mientras veía como la cola de Eclipse volvía a acariciar el viento. Miró hacia atrás, y las vistas no podían ser más bonitas. Él, sonriendo. Hay personas que observan lugares bonitos, y hay otras que son las causantes de que esos lugares sean hermosos. Y todo aquello empezó a formar el que sería uno de los recuerdos más bonitos que tendría con él. Algún día se convertiría en un recuerdo, pero ahora… Ahora era eterno.

Me alcé sobre los estribos, y sentí como Keilyn también quería ganar esta carrera. Poco a poco la grupa de Eclipse quedaba más cerca, hasta encontrarnos totalmente paralelos y, poco después, salir volando con el viento como aliado. Cuando llegamos a lo alto de la colina giré a la izquierda y seguí el camino hasta el cerezo. Allí estaba. Grande y hermoso. Con todas aquellas tonalidades, desde el rojo hasta el verde de aquellas hojas que se negaban a dejar que el otoño las doblegase tan fácilmente.

Una vez junto al árbol me dio tiempo de bajarme antes de que llegara Dylan.— Ganadora esta vez.— dije mientras sonreía con suficiencia. Amarramos a los caballos a un árbol cercano y nos sentamos bajo la sombra de mi cerezo. Nuestro cerezo. Observé mi alrededor y no pude ser más feliz. Tenía todo lo que siempre quise, todo lo que un día soñé: estar sentada bajo la sombra de los árboles, junto a una persona a la que aprecio muchísimo, nuestros caballos y unas vistas preciosas. Gladedawn se mostraba idílico desde aquí, bajo el cielo que se abría paso entre las nubes.

Tras un rato le conté por qué le había llevado allí:— Este cerezo lo planté cuando llegué al club. Justo al día siguiente a Halloween, cuando volvimos de la Torre.— busqué la calidez de su mano y la entrelacé con la mía.— Por aquel entonces no sabía que sentía por ti. Nunca me lo llegué a imaginar. Pero a la vez que este árbol crecía lo hizo también mi amor por ti, y por eso lo quería compartir contigo. Para que supieras lo mucho que te quiero.— de mis labios no desapareció la sonrisa ni cuando nos fundimos en un beso.

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Re: La Granja.

Mensaje por Dylan el Vie Jun 24, 2016 3:14 pm

Continué galopando, atento al camino, pero cuando giré la vista a un lado para ver qué tal iba Haslein, vi que ella se había desviado. Frené a Eclipse con suavidad y giré para volver a galopar en busca de Haslein. ¿Qué era lo que la había hecho desviarse? ¿Qué buscaba? ¿Qué estaba tramando?

Cuando llegué hasta ella, me agaché ligeramente para pasar por debajo de las espesas ramas de los árboles, hasta desmontar cuando llegué a su altura. —Íbamos ganando y te desviaste, tramposa.— Me quejé como un niño pequeño, soltando una risita mientras ataba a Eclipse en una de esas ramas.

Ya sentado bajo el cerezo, observé desde abajo las fuertes ramas del mismo, cargadas de doradas hojas que se resistían a la llegada del otoño. El lugar se mostraba extremadamente tranquilo, con el suave sonido de la brisa acariciar las hojas y los pájaros revoloteando y piando por doquier.

Apoyé mi cabeza en el tronco del árbol, además de la espalda, y miré a Haslein cuando empezó a hablar, rememorando aquel tiempo en el que ambos nos conocimos, aquel Halloween donde todo este sueño comenzó, porque así era como se sentía; un sueño.

Esbocé una sonrisa ladina cuando tomó mi mano y me detuve a entrelazar nuestros dedos, manteniendo mi mirada sobre nuestras manos unidas. Cuando terminó de hablar, la miré y sonreí ampliamente, inclinándome hacia ella para unir nuestros labios en un cálido y dulce beso, mientras me acercaba más a ella. Cuando ambos nos separamos, apoyé mi frente en la suya y acaricié con suavidad su mejilla. —Muchas gracias por compartirlo conmigo. La verdad es que me parece precioso; con un significado bastante bonito, sobre todo teniendo en cuenta cómo ha crecido por sí mismo, sin necesidad de ayuda por parte de nadie. Algo así como nosotros.— Dije, sonriendo ampliamente mientras volvía a mirar hacia las ramas que se mostraban fuertes sobre nuestras cabezas. Volví a mirar a Haslein, sin borrar mi sonrisa. —Te quiero.— Susurré, dándole otro rápido beso.

—¿Te apetece merendar algo? He traído galletas y cosas de chocolate.— Murmuré al cabo de un rato de paz y tranquilidad con la compañía de ambos. Obviamente, Haslein no iba a resistirse, así que solté mi mano de las suyas solo para poder levantarme y caminar hacia los caballos, sacando varios dulces de una pequeña alforja que estaba enganchada en la silla de Eclipse. Tras ello, volví a mi sitio y me senté junto a Haslein, dejándolo todo entre ambos, para poder coger cada uno lo que quiera.

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Re: La Granja.

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